El aumento del nivel del mar no significa solamente que el océano avance sobre las playas. Para Ecuador, implica mayor exposición para ciudades, viviendas, carreteras, puertos, ecosistemas y actividades económicas ubicadas cerca de la costa. El problema combina una tendencia global provocada por el cambio climático con variaciones temporales asociadas a fenómenos como El Niño. En agosto de 2026, el Comité Nacional para el Estudio Regional del Fenómeno El Niño (CN-Erfen) reportó anomalías de hasta 40 centímetros sobre los valores habituales frente a las costas ecuatorianas.

Patricia Castillo-Briceño, bióloga marina y PhD en biomedicina, explica que los 30 o 40 centímetros observados actualmente están relacionados principalmente con “la expansión de la masa de agua por el aumento de la temperatura”. A escala mundial, Naciones Unidas señala que la velocidad de aumento del nivel medio del mar pasó de unos 2,1 milímetros anuales entre 1993 y 2002 a 4,7 milímetros entre 2015 y 2024; en 2024 se registró un incremento anual cercano a seis milímetros. Para Castillo-Briceño, la diferencia está en que estos aumentos temporales se superponen a una tendencia que ya viene avanzando: “el cambio climático se mantiene en base, El Niño va y viene, pero se exacerban cuando ocurren simultáneamente”. La ONU abordó esta amenaza en una reunión de alto nivel celebrada el 24 de septiembre de 2026.

El Niño puede elevar aún más el nivel del mar

Para entender el escenario ecuatoriano es necesario diferenciar ambos procesos. Castillo-Briceño explica que “El Niño va y viene, pero se exacerban cuando ocurren simultáneamente” el fenómeno y el cambio climático. Mientras El Niño produce un incremento temporal, el calentamiento global mantiene una tendencia sostenida.

La científica lo resume así:

“el cambio climático es una rampa y el Niño es esta escalera ascensor”.

Cuando El Niño termina, el nivel puede descender, pero no necesariamente hasta el punto anterior porque la tendencia de calentamiento continúa. Esto puede superponer efectos. Castillo-Briceño plantea que, si para 2050 el nivel medio del mar aumenta unos 15 centímetros y ocurre otro episodio de El Niño con una expansión similar a la actual, “ya no serían 15 que ya van a estar, sino más los 30, o sea, estaríamos en 45”.

Además, una elevación vertical aparentemente pequeña puede traducirse en un retroceso mucho mayor de la costa.

“Esos 30 cm te pueden representar 10 m menos de costa en horizontal”, explica Castillo-Briceño, dependiendo de la pendiente de la playa.

Esto significa que una subida de apenas 30 centímetros puede hacer que el mar ocupe una franja de hasta varios metros de playa, reduciendo la protección natural del litoral y acercando el agua a viviendas, calles, malecones y otras infraestructuras ubicadas cerca de la costa.

Carreteras, puertos y viviendas frente a un mar más alto

El Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático 2023-2027 contempla el aumento del nivel del mar entre los riesgos para las zonas marino-costeras y proyecta incrementos de aproximadamente 0,15 metros hasta 2050 y de entre 0,32 y 0,36 metros entre 2051 y 2080, según el escenario.

Castillo-Briceño advierte que el riesgo aumenta porque “hay zonas costeras que están con infraestructura humana que se ha construido demasiado cerca de la primera línea de costa”. La exposición afecta especialmente a obras levantadas sobre zonas arenosas y dunas. Mariano José Loor, urbanista y profesor de la Universidad Andina Simón Bolívar, explica:

“El ascenso del nivel del mar y el incremento en la energía del oleaje aceleran de forma directa la erosión en el litoral”.

También advierte que el agua salada puede provocar “corrosión por cloruros en las estructuras de hormigón armado que se localizan en ambientes marinos, comprometiendo su durabilidad y resistencia estructural”.

Los eventos extremos agregan presión. “Las ciudades costeras enfrentan amenazas constantes como marejadas, inundaciones y desbordamientos”, señala Loor. Estos fenómenos pueden provocar “socavación de cimentaciones, inestabilidad de taludes, erosión de márgenes fluviales” y deterioro de infraestructura vial, portuaria, hidráulica y de servicios básicos. El problema también alcanza al drenaje urbano. Castillo-Briceño recuerda que durante El Niño de 1997-1998 hubo sectores costeros donde el agua llegó a las calles porque “no se podía evacuar las aguas lluvias a la par de la subida del agua que teníamos a nivel del mar”.

Para Loor, la infraestructura gris, diques, canales y muros de contención, tiene limitaciones frente a escenarios climáticos futuros cuando se utiliza de manera aislada. Propone una “infraestructura híbrida que combine la ingeniería convencional con soluciones basadas en la naturaleza”, como manglares y dunas.Castillo-Briceño coincide en la importancia de estas defensas naturales.

“No es solo que el nivel sube, sino que al haber modificado la infraestructura de la zona de dunas, que es nuestra defensa natural, y ponerle cemento encima perdemos la plasticidad del sistema”, explica.

El costo social y ambiental de perder territorio

Los manglares, humedales y dunas cumplen funciones de protección frente al agua. Castillo-Briceño sostiene que “es clave realmente la defensa que nos dan manglares y humedales”, porque ayudan a reducir la velocidad y el avance del agua y estabilizan los suelos.

La exposición también alcanza a actividades como la pesca. La científica señala que ya existen dificultades en facilidades de desembarco y navegación por cambios en el nivel del mar, oleaje y sedimentación. Para los pescadores artesanales, esto puede traducirse en días en los que “ya no se puede” salir al mar.

Las islas enfrentan una situación particular. “Las zonas de islas sufren muchísimo los cambios de nivel del mar”, explica Castillo-Briceño. En Galápagos, donde existen sectores con franjas costeras reducidas, el aumento puede afectar directamente a infraestructura, población y ecosistemas.La científica estima que los impactos graves podrían comenzar a hacerse visibles durante la próxima década y que hacia 2050-2060 algunos daños serían más difíciles de revertir. No obstante, considera que todavía existe margen de acción: “todavía se puede, pero tampoco tenemos mucho tiempo”.

La respuesta, plantea, debe priorizar la conservación y restauración de los ecosistemas que ya funcionan como barreras naturales. Para Loor, además, la adaptación debe incorporarse desde el diseño y planificación de las obras. El desafío para Ecuador no es únicamente evitar que el mar llegue a las ciudades. Es anticipar cómo un océano más alto puede interactuar con El Niño, las marejadas, las lluvias, la erosión, la infraestructura y la pérdida de ecosistemas. Como resume Castillo-Briceño:

FUENTE: ECUAVISA

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