Las leyendas no siempre tienen el final que merecen. Algunas se marchan por la puerta grande, otras necesitan que el tiempo ponga las cosas en perspectiva y unas cuantas terminan envueltas en polémicas que amenazan con distraer la atención de todo lo que construyeron. Cristiano Ronaldo parece estar en este último grupo. Pero sería un error que Portugal recordara su despedida por un desencuentro con Jorge Jesus y no por los 23 años en los que su capitán llevó a su país a la cima del fútbol europeo.

A los 41 años, Cristiano anunció su retiro de la selección portuguesa. Se marcha con 234 partidos, 146 goles y tres títulos internacionales. Son números que parecen imposibles de dimensionar, pero que retratan la magnitud de un futbolista que convirtió la camiseta portuguesa en una extensión de su propia identidad. Cinco Balones de Oro, seis Mundiales, seis Eurocopas y una colección de récords que lo ubican en una categoría reservada para muy pocos.

Sin embargo, su legado no se mide únicamente en estadísticas. Cristiano fue mucho más que un goleador. Fue el rostro de una generación, el puente entre distintas épocas del fútbol portugués y el hombre que se negó a aceptar que su selección estuviera condenada a ser una eterna aspirante.

Cuando debutó en 2003, con apenas 18 años, Portugal tenía a Luís Figo, Rui Costa y otros referentes que habían devuelto la ilusión a su fútbol. Cristiano llegó como una promesa, casi como un niño que todavía tenía mucho que aprender. Un año después, lloró en la final de la Eurocopa que Grecia le arrebató a Portugal en su propia casa. Aquella imagen de un adolescente desconsolado anticipaba una relación con la selección que estaría marcada por la pasión, la exigencia y una ambición inagotable.

Con el paso del tiempo dejó de ser el joven extremo que desbordaba por las bandas para convertirse en el goleador que podía resolver un partido con una sola aparición. Heredó el liderazgo de Figo, soportó la presión de representar a millones de portugueses y aprendió a convivir con una exigencia que pocas figuras han conocido.

Hasta que llegó 2016. En París, contra Francia, Portugal conquistó su primera Eurocopa. Cristiano tuvo que abandonar la final por una lesión, pero desde la banda se convirtió en un entrenador más, alentando a sus compañeros hasta el último minuto. Aquella imagen, levantando el trofeo junto a sus compañeros, fue la recompensa de una generación que había perseguido ese sueño durante años.

Después llegaron las Ligas de Naciones de 2019 y 2025. En la primera, marcó un triplete ante Suiza en las semifinales. En la segunda, con 40 años, volvió a aparecer en una final para marcar ante España. Portugal ya no era aquella selección que se conformaba con llegar lejos: era un equipo campeón, y Cristiano había sido protagonista de esa transformación.

Por eso resulta injusto que su despedida termine girando alrededor de Jorge Jesus.

El desencuentro entre ambos tuvo un origen concreto: una promesa de minutos que, según el relato del futbolista, nunca se cumplió. Cristiano calentó durante media hora ante Noruega, pero no ingresó al campo. Después abandonó la concentración, cuestionó la actuación del seleccionador y terminó recibiendo una sanción disciplinaria. También reconoció que se equivocó al marcharse sin permanecer junto a sus compañeros.

No hay que justificar todas las decisiones de Cristiano para reconocer su grandeza. Tampoco hay que cuestionar la autoridad de un entrenador para decidir quién juega y quién permanece en el banquillo. Jorge Jesus tiene derecho a tomar decisiones deportivas sin importar el nombre que aparezca en la camiseta. Pero una discusión sobre jerarquías, minutos y autoridad no puede convertirse en el resumen de la carrera internacional del máximo goleador de Portugal.

Quizás el mayor problema de Cristiano ha sido precisamente ese: acostumbrarse a ser imprescindible y tener dificultades para aceptar que el tiempo también alcanza a los futbolistas extraordinarios. Lo vimos en Catar 2022, cuando perdió la titularidad y terminó llorando después de la eliminación ante Marruecos. Lo vimos en sus últimos años, cuando cada sustitución o suplencia parecía convertirse en un debate nacional.

Pero hay algo que no se puede discutir: su capacidad para desafiar el paso del tiempo. Mientras otros futbolistas de su generación ya estaban retirados, él seguía marcando goles, rompiendo récords y defendiendo a Portugal. Llegó a seis Mundiales, seis Eurocopas y se convirtió en el primer jugador en marcar en seis ediciones diferentes de la Copa del Mundo.

Se marcha sin conquistar el Mundial, ese trofeo que persiguió durante toda su carrera y que habría completado una historia todavía más extraordinaria. Pero el fútbol no puede reducirse a una copa que nunca llegó. Sería desconocer todo lo que consiguió y, sobre todo, lo que representó para su país.

Cristiano Ronaldo no necesita que su despedida sea perfecta para que su historia sea inolvidable. Quizás no eligió el momento ni las circunstancias ideales, pero tampoco necesita una ceremonia para confirmar lo que ya consiguió.

Las leyendas también se marchan. Lo difícil es entender que, después de Cristiano, Portugal no solo pierde a un futbolista: pierde una parte de su historia.

Y esa historia merece terminar con aplausos, no con reproches.

FUENTE:ECUAVISA

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