La historia reciente de la FIFA demuestra que los mayores terremotos no suelen comenzar con una denuncia externa, sino con las grietas que aparecen dentro de su propia estructura. Gianni Infantino ha sobrevivido a críticas, controversias y disputas políticas durante casi una década al frente del organismo, pero tras el Mundial 2026, el fracaso del proyecto FIFA Forward Entreprise (FFE) ha expuesto un escenario distinto: por primera vez, voces de peso dentro de la propia institución han decidido marcar distancia públicamente de su presidente.

Infantino construyó su poder sobre una premisa simple: mantener alineadas a las 211 federaciones que integran la FIFA mientras ampliaba el negocio del fútbol con nuevos torneos, mayores ingresos y una presencia global sin precedentes. Esa fórmula le permitió consolidarse como uno de los dirigentes más influyentes del deporte. Sin embargo, el colapso del proyecto comercial revela que el verdadero problema ya no es la oposición de la UEFA o de los clubes europeos. El problema ahora está dentro de su propia casa.
El intento de abrir la FIFA a inversores privados mediante la venta del 20 % de una nueva empresa fue mucho más que una iniciativa financiera. Representó un cambio profundo en la forma de entender el gobierno del fútbol mundial. Aunque el proyecto prometía recaudar miles de millones de dólares, despertó dudas sobre la independencia de la organización y sobre el riesgo de que intereses comerciales terminaran condicionando decisiones deportivas.
La reacción fue tan contundente que Infantino tuvo que dar marcha atrás en apenas unos días. Pero el daño político ya estaba hecho.
Lo más llamativo no fue el rechazo de la UEFA, organismo que mantiene desde hace años una relación tensa con el presidente de la FIFA. Tampoco sorprendió la postura de la Concacaf o las amenazas judiciales desde Europa. Lo realmente significativo fue escuchar a Arsène Wenger desmarcarse del proyecto con una claridad poco habitual en los altos cargos de la FIFA.
El francés no es un funcionario cualquiera. Es una de las figuras más respetadas del fútbol mundial y el responsable del desarrollo deportivo de la organización. Que afirmara públicamente que retirar la propuesta era una decisión «absolutamente necesaria e incontestable» y que, además, aclarara que conoció el plan por los medios supone un mensaje demoledor. No solo cuestiona la iniciativa, sino también la forma en que fue gestionada.
Más revelador aún fue el mensaje del secretario general Mattias Grafström. Su correo interno, en el que lamentó una «triste y reprochable serie de eventos» y recordó que «los individuos pasan, pero la institución permanece», puede interpretarse como una defensa de la FIFA, pero también como una advertencia política. Cuando el máximo ejecutivo administrativo de una organización siente la necesidad de separar el destino de la institución del de su presidente, es porque algo ha cambiado.
En cualquier organización de poder, el aislamiento interno suele ser más peligroso que la presión externa. Los rivales siempre existirán; perder el respaldo de quienes forman parte del propio equipo es otra historia.
A ello se suma la dimisión de Carlos Cordeiro, uno de los asesores más cercanos a Infantino. Su salida no fue silenciosa: rechazó categóricamente el proyecto por considerarlo perjudicial para el futuro del fútbol. Tres figuras relevantes, tres mensajes distintos y un mismo denominador común: la pérdida de confianza.
Infantino sigue siendo el favorito para ganar las elecciones de marzo de 2027. Ningún otro candidato ha dado un paso al frente y la mayoría de las federaciones fuera de Europa continúan respaldándolo. Matemáticamente, su reelección sigue siendo el escenario más probable.
Pero la política no se mueve solo por votos; también por percepciones. Y la percepción ha cambiado.
El episodio del FFE deja una conclusión difícil de ignorar: el presidente de la FIFA ya no enfrenta únicamente la resistencia tradicional del fútbol europeo. Ahora debe reconstruir la confianza dentro de la institución que dirige. Y esa tarea suele ser mucho más compleja.
Ya no se trata de una crisis de imagen. Se trata de una crisis de liderazgo.
FUENTE: ECUAVISA